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literatura by OdetteBr

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April 25, 2011
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Cuando era pequeño, mi abuela me contaba muchas historias. Decía que el mundo era más sencillo cuando ella fue niña, que no existía inseguridad ni robos, que eso solamente pasaba en otras partes del mundo; nunca cerca de ella. Me contaba que ella salía sin problemas a jugar a la calle, a mirar las luciérnagas en la noche. Ahora nadie sale a la calle ni ve luciérnagas. Ahora mi abuela ya no es una niña, es una viejecita senil. Todo lo que dice son inventos. Aunque quién sabe; tal vez, desde mucho antes fueron inventos. Creo que quizás, nunca consideré sus historias como reales. Para mí, era como si ella hubiese vivido en otro mundo. Todos sus recuerdos eran muy felices, pura risa y nada de lágrimas. Igual que en un cuento de hadas. Ella hablaba de niñas con bonitas trenzas y largas faldas con las que jugaba, de cómo parecía entender el lenguaje de los animales y de la confianza ciega que los vecinos se tenían entonces. Me suena como un mundo irreal. Las personales normales, las reales, no hacen nada de eso. Sabemos que los animales no hablan, la confianza no existe. Ni siquiera las niñas visten como ella decía. Mi abuela fue una mujer ejemplar. Siempre fue honesta y querendona. No entiendo los motivos por los que mentiría, aunque eso me confunda más.
—¿Ya terminaste el trabajo que te pedí?  
—Sí. Toma.
—Gracias.
Cuando era pequeño, me era fácil creer en todo. Mentira o verdad, todo era parte de lo mismo. Y siempre quise creer que la abuela era fabulosa. Para mí, esa viejecita con olor a comida recién hecha lo era todo.
En mi casa, mis padres no tenían tiempo para mí; la abuela, sí. Cuando mamá y papá discutían, era la abuela la que me consolaba, la que me ayuda a olvidarlo todo. Cuando no oía más que los gritos de papá, no hacía más que pensar en las luciérnagas de la abuela y todo terminaba, ya no me sentía ni triste ni asustado. Otras veces, la abuela me preparaba algo que ella llamaba lágrimas de ángel. Decía que los ángeles sólo lloraban cuando eran muy felices, y que si yo bebía de esas lágrimas, me sentiría mejor. Y yo bebía y en verdad me sentía mejor.
—Te veo extraño. ¿Te sientes bien?
—Sí. Tan sólo estaba pensando.
—¿Va todo bien en casa?
¿En casa? Sí. Todo va bien. Todo va bien siempre. No hay nada. Literalmente. No hay nada ni nadie. ¿Qué podría ir mal?
—Deberías tomar unas vacaciones. Te las mereces.
—Lo pensaré.
También pienso que estoy marcado por la tragedia. Soy tan capaz de mantener mi hogar y mis relaciones como mis padres lo fueron. Nuestra familia no duró ni siquiera una década. Papá se fue una noche, dejando a mamá llorando de rabia y a mí en la cama. Se llevó mucho aquella noche… Mi inocencia, mi alegría, mi niñez. Mamá decía que no me preocupara mucho por ello, que estaríamos bien. Pero no lo estuvimos. Ella ya no pudo encontrar otro marido, al menos no uno que valiera la pena, ni un buen trabajo. Aún continúa viendo a varios hombres, pero se aburren el uno del otro antes de lo que cantan los gallos.
A veces pienso que lo que la abuela quería era ocultarme de la realidad. Ella sabía que aunque ante ella sonriera, en el fondo yo estaba muy triste. Y ella no quería que yo lo estuviese. Por eso me contaba esas historias. Me sentaba en su regazo —hasta que fui muy grande para que ella pudiese aguantarme— y comenzaba:
—Recuerdo un día en que mis padres y yo nos fuimos de paseo. Fuimos a un bonito sitio en medio del bosque. Había un río muy claro, con pececitos de colores en donde de inmediato quise darme un chapuzón. Mi hermana era muy pequeña entonces, apenas estaba aprendiendo a caminar. Aquella tarde se nos escapó a mi madre y a mí, mientras cocinábamos, y se metió al agua… Si mi padre no la hubiese visto…
Ese recuerdo no era tan feliz como otros, pero por alguna razón, era uno de sus favoritos. Yo prefería que me contara otros:
—Teníamos un perro muy travieso, pero no era malo. Una ocasión le robó un pedazo de carne a la vecina para entregársela a una gata preñada que vivía en la calle. Le decíamos Robin, por Robin Hood. Él robaba a los humanos para dárselo a los pobres animales.
O…
—Durante la víspera de Navidad, me quedé escondida bajo las escaleras para ver a Papá Noel poner los regalos. Pero no pude. Comencé a cerrar los ojos al poco tiempo. Eso sí: me despertó el sonido de unos cascabeles. Para cuando abrí los ojos, ¡los juguetes ya estaban ahí!
¡Ah, esa abuela mía! Siempre tan linda e inocente. Aún anciana, uno puede ver en sus ojos ese brillo infantil de la travesura. Podría recordar alguna otra de sus aventuras…
Ring. Ring. Ring.
—¿Hola? Sí, buenas tardes. Él habla. Ajá. Es mi abuela. Oh. Ya veo. Iré apenas pueda. Gracias. Muchas gracias. Tenga un buen día.
Bip.
Pensándolo bien: me merezco unas vacaciones.



Mi abuela. Siempre linda e inocente, con un brillo infantil en los ojos. Ella no comprende mucho del mundo actual. No sabe usar celulares ni entiende el internet. Tampoco entiende por qué me quejo de mi empleo; todo lo que ella sabe es que me da suficiente dinero para vivir y comer bien. No responde cuando le envío un mensaje de texto y ni loca consideraría leer un libro electrónico. Mi abuela parece haberse quedado estancada en su época. Eso le ocurre mucho a las personas de su edad, si uno se detiene a pensarlo.
Mi abuela, tan linda e inocente, no se encuentre bien de salud últimamente. Su mente ha envejecido más rápido que ella; ya no recuerda como antes, las palabras y los nombres se le escapan y ha dejado de pensar en los días. Ahora vive en una casa de retiro, lejos. Sé que la cuidan bien porque la visito cuando puedo. Mamá no me acompaña; dice mucho para no hacerlo:
—Estoy muy ocupada… Me siento mal… Tengo un compromiso… No creo que ella me extrañe… Iré la próxima vez, ¿de acuerdo?
Pero nunca lo hace.
—… Lo siento.
Al final, siempre soy yo quien más se preocupa por la abuela. Fui yo quien escogió su nuevo hogar —preocupándome porque fuera de su agrado—, yo pago todos sus gastos y soy su único visitante. Ella parece saberlo, aunque quizás no sea cierto, y me sonríe. Por fuera sigue siendo la misma, por dentro… bueno, no sé. Ha de ser la misma niña que alguna vez fue. Cuando me ve, tarda un poco en reconocerme, aunque tarde o temprano lo hace, pero siempre, lo primero que hace es sonreírme con confianza ciega.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Vengo a ver a mi abuela. Me dijeron que se ha sentido mal recientemente.
—Ah, sí. Me dijeron que vendría. Si me permite una identificación… Gracias. Pase, pase.
Escogí este sitio, sin detenerme a pensar en los costos, porque tiene algo que me recuerda a las historias de la abuela. Está apartado de la ciudad y tiene vistas a campos cuidados y verdosos. Imagino que así era el sitio de los sueños de mi abuela, donde ella podría correr y jugar con su hermana y con Robin todo el tiempo, donde las luciérnagas la visitarían al anochecer y los ángeles le compartirían sus recetas mágicas. Ahora la acompañan enfermeras. Ellas la cuidan y le cantan como si fuera una niña y ellas sus nanas:
—¿Ya viste quién es? ¡Tienes visita!
—Gracias por cuidarla tan bien —les digo.
—Es un placer.
Estas enfermeras son amables todo el tiempo —deben serlo, por eso se les paga—. Nos dejan a solas, siempre al pendiente.
—Hola, abuela. ¿Qué tal has estado?
—Muy bien, gracias. ¿Y tú?
No está segura de conocerme, pero me sonríe de todos modos. Y pronto comienza a hablar sin parar. Me cuenta lo mucho que le gusta este lugar, lo a gusto que está y eso me pone feliz. De hecho, la consienten mucho. Ella dice que no es cierto cuando se lo comento, porque no la dejan salir en la noche a pasear; como una niña mimada, no quiere entender que lo hacen por su bien. Por lo demás, la tienen muy bien. Tiene mucha libertad, de hecho. Pero cada vez que vengo, la encuentro siempre en el mismo sitio: sentada frente a la ventana más grande la estancia. Dice que desde la ventana de su recamara no ve nada, muy distinto a esta otra. Le gusta la vista, aunque nadie está muy seguro del por qué, pues no ofrece tanto como las ventanas que hay en otros cuartos. Cuando le pregunté, ella dijo:
—Aquí veo mejor.
Sigo sin entenderla. Yo no veo nada interesante. Un árbol. Algunas montañas. Nada de interés. Le he ofrecido mirar hacia el camino, por donde pasan los automóviles, por donde podría verme llegar. Ella responde:
—No, gracias. Aquí estoy bien. Aquí me gusta.
Las enfermeras me dijeron en una ocasión que al principio hablaba de ver luciérnagas, pero que nunca se quedó a esperarlas; siempre se iba a la cama antes de que los bichos salieran. Creemos que es parte de su enfermedad, de eso que hace que la cabeza de mi abuela ande en las nubes. De vez en cuando sucede que ella dice:
—Me acuerdo de algo…
No siempre termina de recordarlo bien, aunque a menudo sí. Es extraño. Suele recordar mejor las cosas que me contaba de chico que lo que pasó el día anterior. Es su manera de querer seguir siendo ella misma. Mientras recuerde sus historias, mi abuela seguirá siendo la misma. Siento que si llegase a olvidar a Robin o sus amigas de moños grandes, perderá parte de su esencia propia. Creo que ella también lo sabe. Porque cuando logra contarme alguno de sus recuerdos más o menos bien, la veo contenta, pero cuando no lo logra, sonríe frustrada. Mi abuela, la inocente.
—¿Por qué has venido ahora?
—Yo…
—¿Tu papá te pegó otra vez? Ven; ven, hijo. Siéntate en mis piernas. Deja que tu abuela te consuele.
Rio suavemente:
—Abuela, ya estoy grande. No creo que pueda sentarme en tus piernas como antes.
— ¡Bah! ¡Tonterías! Uno nunca es lo suficientemente grande para eso.
Le molesta que continúe riendo ante la idea, así que me callo.
—Bueno… Creo tener un frasco con lágrimas en la cocina. Deja que vaya por él y…
—No, abuela, no te levantes; no es necesario. Ahora no tengo sed.
Me mira confundida.
—Qué curioso. Antes no me habías dicho eso.
—Antes era un niño…
— Muy bien, señor grande, veo que sigues buscando a tu abuela de todas maneras. ¿Cómo ha estado tu madre? ¿Ya encontró trabajo?
—Sí. Trabaja en una perfumería.
— Qué bueno. Sentía que si ella seguía así, ustedes se las iban a ver muy negras. El dinero… Bueno, eso no es algo de lo que deberías preocuparte; los adultos nos encargamos de eso. No escuches lo que tu abuela acaba de decir. Últimamente hablo más de lo que pienso.
—No hay problema, abuela, sé a lo que te refieres.
Le habló con ternura, y aún así ella me responde con un seco:
—No, no lo sabes, chamaco mentiroso.
Río de nuevo.
—Me dicen que te has sentido confundida últimamente.
—¿Eres un doctor?
— Puede ser, puede ser.
— ¡Mentiras! ¡Yo no estoy confundida! Estoy impaciente.
—¿Por qué? ¿Qué te impacienta?
Mi abuela se queda callada y mira por su ventana. Parece haberlo olvidado de nuev…
—Mi hermana no ha regresado. Mis papás se van a preocupar si no vuelve pronto. Robin llorará.
—¿A dónde fue?
—Fue a dar un paseo. Me invitó, pero estas personas no me dejaron ir. Creen que soy muy chica. No entienden que tengo que cuidarla.
—Descuida, Robin tuvo que haberla seguido. Él la cuidara por ti.
—¡Bah! Ese perro está muy viejo y cansado para ir. La vez pasada le hablé para que jugáramos juntos y nunca llegó. ¡Imagínate! Antes ese perro se desvivía por obedecerme, ahora no hace más que dormir y echarse al sol. Hasta se esconde de las personas. Nadie aquí lo ha visto recientemente. Me preocupa que se muera y no nos demos cuenta.
—Eso no sucederá, abuela.
La abuela vuelve a entrar en uno de sus lapsus callados. Es cuando se convierte en una especie de estatua y tarda antes de volver a hablar:
—¿Quién eres tú? —me mira, extrañada—. ¿Por qué me dices abuela? ¡Yo no soy la abuela de nadie!
Una enfermera se nos ha acercado al oírla.
—¿Algún problema?
—Es que…
Antes de que puede explicarme, la abuela salta y me interrumpe:
—Sí. Mi hermana no ha regresado y parece no importarle a nadie. Necesito ir a buscarla. Es muy pequeña para estar allá afuera sola. Aparte, este señor me ha llamado abuela. ¡Yo no soy ninguna abuela!
—Ya, ya, preciosa. Tranquila.
La abuela refunfuña y la enfermera le sonríe como una madre paciente a su niño berrinchudo antes de referirse a mí:
—Señor, necesitamos hablar en privado. Si me acompaña…
Mi abuela es inocente. No conoce el grado de su enfermedad. No reconoce hasta qué punto se ha encerrado en su memoria atrofiada. Ni siquiera parece notar lo que ocurre a su alrededor. Me dicen que aún no está tan mal como otros. Que sus momentos de lucidez son más prolongados que los de otros, que hay que disfrutar el tiempo que nos queda, porque se nos está acabando como granos de arena en un gran reloj. Para mí, ese reloj avanza con la normalidad de cualquier otro; para la abuela, va al revés. Ella no avanza con el tiempo; ella retrocede. Es un pez contra la corriente. Un pez inocente que no sabe lo que hace. Continúa siendo ingenua.
—Es probable que pronto ya no sea tan fácil de tratar. Los pronósticos dicen que le queda poco antes de que se recluya por completo en la coraza de su concha.
¿Los pronósticos? ¿En su coraza? ¡Los pronósticos no sabes nada de la coraza de mi abuela! ¡Pero si es el escudo más seguro que conozco…! Y también el más feliz. Pase la mayor parte de mi infancia resguardado ahí. Si mi abuela decide encerrarse ahí, lo hace por su bien. Ahí tiene a Robin, él la cuidará; ahí está su hermana, su familia, ellos le harán compañía; ahí tiene luciérnagas y ángeles. En nada me necesita a mí. Entre más me ve, más quiere pertenecer al presente. Ella es parte del pasado, por todos los cielos. Su sitio está allá, donde dejó sus recuerdos felices y la buena salud. La comprendo. No estoy molesto con ella. Sé que le hago más mal que bien. Pero… Hay algo que me detiene. Como si lo peor que le pudiese pasar fuese lo que ella más desea. He puesto al mundo en su contra, siempre jalando de su mano para traerla al mundo del presente. ¿He hecho mal? Los médicos me dicen algo y los conocidos me dicen otra cosa. No los entiendo ni ellos a mí, mucho menos a mi abuela.  
—Le propongo que pasee con ella. Ambos quieren eso, lo veo en sus ojos.
—Me parece bien.
Afuera hace un lindo día. Hay buen clima y los pájaros cantan. La clase de día donde uno podría ver niños volando cometas y gente comiendo en el zacate.
—Hace poco vino un niño. Vino a visitar a un pariente. Y quiso leernos unos cuentos. Una señora le pidió que leyera Alicia en el país de las maravillas. Yo me sentí molesta; es a mi hermana a la que le gusta esa historia, no a mí. Prefiero Peter Pan, porque Alicia hace que me revuelva mucho.
No, a mi abuela no le gusta el país de las maravillas de Alicia. Ella tiene uno mejor. Ella no persigue conejos blancos ni toma el té con extraños, ella va detrás de luciérnagas y se bebe la alegría de los ángeles.
—Aquí hay mucha gente aburrida. Se sientan a ver partidos de futbol todos los domingos y escuchan el radio el resto de la semana. Por eso mi hermanita se fue. Ella es como yo: ambas preferimos salir a jugar que estar con tantos adultos aburridos. Mamá se enfada por eso. Dice que deberíamos quedarnos con los adultos, porque ellos nos cuidan. ¡Ja! Si nos cuidaran bien, les interesaría salir a buscarla.
La escuchó, aunque sea en sus propios silencios.
—Necesito encontrarla antes de que papá y mamá sepan que se ha escapado. O si no, le darán una tunda.
—¿A dónde crees que haya ido?
Parece no haberme oído:
—Esa niña es una tonta. Si sabe que la reprenderán feo, ¿por qué se va? Luego va a venir llorando para que la consuele y no voy a tener de otra. ¡Ah! Pero el día de mañana se irá de nuevo como si nada. Siempre hace lo mismo. Me pregunto si algún día crecerá…¿Perdón? ¿Dijiste algo?
—¿Tienes alguna idea de adónde fue?
— No. Siempre se mete donde no debería estar, claro, pero no se me ocurre en dónde pueda estar… Recuerdo un día en que mis padres y yo nos fuimos de paseo. Fuimos a un bonito sitio en medio del bosque. Había un río muy claro, con pececitos de colores en donde de inmediato quise darme un chapuzón. Mi hermana era pequeña entonces, apenas estaba aprendiendo a caminar. Aquella tarde se nos escapó a mi madre y a mí, mientras cocinábamos, y se metió al agua… Si mi padre no la hubiese visto… Pero esa historia ya te la he contado muchas veces, hijo. ¿No te has cansado de ella?
—Sabes que nunca me cansó de tus historias.
— Pues yo sí que me cansó. Hemos caminado mucho ya. ¿Se te antoja algo de tomar? Vamos a la casa, creo que tengo limonada en el refri.
Mi abuela, siempre tan linda. Se molesta cuando no la sacan a buscar a su hermana, pero la olvida cuando le gana la sed. Es como una niña pequeña. Literalmente. Mi abuela está volviendo a ser una niña. Para ella es una soberana tontería que no haya limonada en el refri. Para ella ninguna explicación es válida cuando se trata de salir en pos de su hermanita. Para ella, Robin es el mejor perro que existe, aunque cuando lo llamé él ya no venga.
—De veras quería limonada. Ni hablar… Ahora sí: ¿qué tal te ha ido?
—Muy bien, abuela. No tengo ninguna novedad, pero estoy bien.
—¿Alguna novia ya?
—No, aún no, abuela.
—¿Seguro? A mí se me hace que sí, picarón.
No puedo evitar reír. Para la abuela las cosas son muy sencillas. Me considera guapo, por eso necesito una novia. Su hermana no está, por eso necesita salir a buscarla. Se aburre, por eso se quiere ir.
—Hace tiempo conocí a una niña perfecta para ti. Ella era… Bueno, sería muy vieja para ti ahora, pero antes no. Jugábamos juntas de vez en cuando, antes de que naciera mi hermana. Por ese entonces…


Me he quedado más tiempo del que debía. Los lapsus de mi abuela duran cada vez menos. De anciana vuelve a niña como los cambios del viento. Al principio se comportaba, pero ahora entra en pánico, pregunta sin cesar por sus papás y su hermana, se aferra a mi mano y me pide que la saque de aquí. Les teme a los empleados y llora por las noches. He dormido junto a ella para calmarla un poco. Veo en sus ojos el miedo y la confusión. Mi abuela, la linda e inocente, está asustada. No pertenece a este sitio, ni a ningún otro.
Hace poco, de alguna manera, mi abuela se salió durante la noche. Un guardia la vio. Estaba junto al árbol que ve todos los días por la ventana. Me mandaron llamar para que fuera por ella puesto que soy el único en quien confía. Cuando le pregunté qué hacía, ella dijo:
— Estoy buscando.
"¿A tu hermanita?" Le pregunté. Ella negó con la cabeza. Le pregunté si había llamado de nuevo a Robin sin respuesta. Ella negó con la cabeza. Se me ocurrió que buscaba luciérnagas. Su respuesta fue…
—Yo… Yo lo he olvidado. ¿Qué hacemos aquí?
Mi abuela. Siempre linda e inocente, con un brillo infantil en los ojos. Con sus ojos de niña desequilibrada. No entiende mucho del mundo actual. No lo sabe ni comprende, pero sus recuerdos ahora son como hilos de telaraña, mezclados entre sí y empolvados. En su memoria ve algo, pero al instante lo olvida. Las cosas que vio, soñó o escuchó son meras estrellas fugaces en la penumbra de su memoria.
—Teníamos un perro. Lo llamábamos Robin…
—Por Robin Hood.
—¿De veras? ¡Vaya! Creí que lo habíamos nombrado así por Batman y Robin. Jaja. Éramos inseparables.
Mi abuela aún recuerda algunas cosas ahora. Otras no. Sabe que estoy ahí para cuidarla, no más. Robin es ahora un perro cruzado y viejo, cuando antes era un gallardo pastor alemán, antes de que fuera un caniche del color de la arena.
—Mi hermana viene de visita hoy. ¡Me alegra mucho! No sé si la conozcas. Se llama Alicia. Es una chica agradable. Vive con un conejo blanco en una casita que parece sombrero. Pediré pizza para todos… Aunque quizás prepare espagueti también. Alicia ama las pastas.
Mi abuela no persigue conejos blancos ni toma el té con extraños. Ella no le sigue la corriente a Alicia; Alicia la sigue a ella. Mi abuela vive en el verdadero país de las maravillas, un sitio tan enfermo como mágico, igual que ella. Ve cosas que no conoce y dice otras que para mí son nuevas.
—Antes bebía con luciérnagas. ¿Sabías tú que ellas no lloran como tú y yo? ¡Lloran cuando están felices! Es bonito… No, no tanto, pero es mejor que llorar por tristeza. Te he visto llorar por las noche. ¿Por qué? ¿Te duele algo?
— Extraño a alguien.
—¿A quién? ¿Es a tus papás?
— No. No los extraño a ellos. Extraño mi escudo, mi coraza.
—¿Coraza? ¿Cómo las conchas de las tortugas?
—Exacto.
—Las tortugas son lentas. Se van pero vuelven, como todo lo demás. Dale tiempo. Se va a tardar, pero regresará.
Quisiera creerle. De verdad quiero que lo me dice sea verdad.
Cuando era pequeño, me era fácil creer en todo lo que la abuela me decía. Mentira o verdad. Siempre quise creer que mi abuela era fabulosa. Para mí, ella lo era todo. Cuando mamá y papá discutían, era la abuela la que me consolaba, la que me ayuda a olvidarlo todo. Pasé la mayor parte de mi infancia bajo el abrigo de su concha protectora. Ahora es al revés. Ahora mi abuela cree en todo lo que yo diga o haga, mentira o verdad. Lo soy todo para ella: seguridad, calor y cariño. Busca en mí la protección que antes ella era para mí. Se ha vuelto una niña indefensa, y yo soy su único escudo. Cuando algo la espanta, viene a mí; cuando quiere salir, me busca a mí para que la acompañe. Me he vuelto su mundo, y ella continua siendo mi sol. Mi abuela inocente y linda.
—Hace mucho sol allá afuera. Robin se escondía del calor debajo de la cama… ¿O era yo quien lo hacía? No recuerdo bien. Creo que era yo, y él se metía a buscarme.
Mi abuela confundida y tierna.
—Ya no es la misma de antes, ¿cierto? —me dicen las enfermeras—. Parece que es cierto pero no. Continúa siendo su abuela en alguna parte de su interior. Ahora lo confunde, cree que es otra persona, algún adulto enviado por sus padres, pero en el interior, en sus momentos de lucidez, lo reconoce. Queremos creer que su presencia evita que ella sufra. Por eso, lamentamos si es usted quien está sufriendo.
¿Yo? No soy yo quien sufre. Mi abuela es la enferma, la que necesita cuidados, no yo. Yo soy un hombre adulto. He aprendido a cuidarme solo. Trabajo y pago mis cuentas. Estoy en pleno uso de mis facultades mentales… Sí, admito que he llorado. Tengo mis motivos. Lloro porque cuando era niño, la abuela me contaba muchas historias. Me contaba de un mundo que probablemente nunca existió, mientras me daba a beber unas lágrimas imaginarias. En su mundo, muchas cosas eran de su propia invención. Era así porque de esa manera ella era feliz. Justo como ahora. Lloro porque soy incapaz de vivir en ese mundo feliz. Sí, estoy en pleno uso de mis facultades mentales, pero eso de nada me sirve. He mentido, he herido y me he avergonzado. En mi mundo no existen animales parlantes, ni niñas bonitas ni luciérnagas para iluminar mis noches. Mas sin embargo, mi abuela prefiere oírme a mí, a mis mentiras, que escuchar las verdades que la rodean. Yo le sigo el juego. Platico con ella sobre Robin, sobre las visitas de esa hermana imaginaria a la que llama Alicia y las convirtió en las realidades que vivió junto a su verdadera hermana. Y ella me cree. ¡Me cree, diablos! Veo en sus ojos que mis palabras son la pura verdad. Las personas cotidianas, las que viven en el mundo normal, el real según ellas, quizás no harían lo que yo hago: mentir a una ancianita inocente. No entienden que yo le miento porque la amo. ¡La amo de la misma manera en que ella me amo y la oculto del dolor! Cuando le miento, cuando sigo su juego, cuando no mencionó la triste realidad, sé que es más feliz. Quizás en su interior continúe siendo mi abuela, pero ahora es mi reflejo, el reflejo de una niña espantada que necesita de unos brazos que la escuden y unas piernas en donde pueda sentarse. Quizás sepa que algo malo le está pasando, pero mientras yo viva me encargaré de que ella sea feliz.


—No. No son las luciérnagas las que lloran.
—Por supuesto que sí. Ellas también lloran.
—Pero no de alegría. Ellas no hacen eso.
Abuela, sé que estás tan asustada como yo lo estuve. Te comprendo. Entiendo tu dolor. Tú sigue luchando por salir de esas sombras. Algún día lo lograrás. Ya lo verás. Ya lo verás…



—Hijo. Hijo. Sal conmigo un rato, por favor.
—¿Abuela? ¿Qué haces levantada? ¿Qué horas son?
—Sal conmigo, por favor.
—¿A dónde?
La abuela no me da respuestas. Me mira al pie de la cama, desesperada. En silencio se va y la sigo.
—¿Alicia se ha ido de nuevo? ¿O es que Robin aún no regresa?
La abuela me oye y no me escucha. Continua caminando, buscando la salida. De pronto me doy cuenta que quiere llevarse hacia afuera, como muchas otras veces, hacia ese punto que se sienta a observar.
—¿Abuela?
— Actúas como si no me conocieras. Dices cosas que no son. Robin ha muerto, desde mucho antes de que tú nacieras; mi hermana no se llama Alicia, ingenuo. ¿Por qué te empeñas en mentirme?
—¿Abuela?
— Todos los días, desde que me trajiste, me siento a observar este árbol. ¿Sabes por qué?

— ¿Es que no sabes nada de mí? ¡Piensa! ¿Por qué tu abuela se sentaría a observar un triste árbol todo el día?

—Me acuerdo de mi infancia. Me acuerdo de cuando mi hermana y yo salíamos a cazar luciérnagas. Íbamos a un sitio con un árbol parecido a este. De día estaba lleno de ardillas y pájaros, pero de noche era otra cosa. Las luciérnagas de ahí eran tan grandes y luminosas que llegamos a creer que eran hadas —risas—. ¡Ah, la infancia! Cuando uno cree cualquier tontería, ¿no? Quien fuera así de inocente otra vez.
—¿Te sientes bien, abuela?
—No, no me siento bien. Pero no es por lo que tú crees, ni por lo que los doctores creen. Sé lo que está pasando conmigo. Sé que ya no soy la misma de antes, que mi cabeza ya no es tan saludable. A todos tiene que pasarnos alguna vez. Uno se aferra a sus recuerdos con tanta fuerza que termina por traerlos al presente. Rompemos una regla al hacerlo, ¿sabes? El pasado no pertenece al futuro, y al revés también. Se nos permite adaptarnos a la modernización, pero a cambio debemos de aprender a superarnos, comprender que lo que dejamos atrás se vuelve historia. Y no me gusta. Mis recuerdos son mi mayor tesoro y lo sabes. ¿Por qué, entonces, si estoy viviendo en la alegría de mi tesoro, te sientes mal?
—Abuela, a mi no me entristece tu felicidad. Lo que me preocupa es que tienes…
—¡No me digas su nombre, que no me interesa! Me interesas tú. Desde el principio fue así. Quiero que me digas por qué lloras por mí y por qué no te molestas en llorar por ti. Fui tu concha, tu escudo, quise enseñarte la alegría, porque ahora vives aburrido en un mundo que no te complace.
—No es que el mundo y yo estemos mal, abuela, es solamente que… no sé… uno no escoge la manera en que el mundo se rige…
—Pero sí la manera en que se rige la vida.
La mujer que tengo frente a mí suspira con suavidad, con sabiduría:
—Yo no soy más que un cuerpo cansado. Tuve mi vida y la gocé mucho. Hice tantas cosas que no puedo recordarlas todas. Reí, lloré y amé. Por dentro me siento llena de vida, pero por fuera no. Mi alma es joven, lo sabes bien, pero mi cuerpo está cansado. Tengo ganas de cargarte como antes y arroparte, pero mis brazos ya no pueden alzarte. Quiero que te sientes en mi regazo y ya no es posible. Todos alcanzamos un punto en que merecemos un descanso, aunque no lo queramos aceptar; igual que los niños que no quieren dormirse aunque les pesen los parpados. No sé si me entiendas.
Mira hacia el cielo como si fuera la primera vez en que ve las estrellas ahí:
—Esta noche le pediré a las luciérnagas que iluminen el camino de esta vieja por la noche. Quiero llegar al punto en donde pueda echarme de espaldas en el césped y dormir. Dormir profunda, eternamente. Quiero paz. Este cuerpo mío necesita descanso y yo se lo quiero dar…
—¡Abuela, cállate! ¡Vuelves a decir incoherencias!
—¡No me calles! Es la primera vez que hablo coherente desde hace mucho tiempo.
—¡No, no, no! ¡No sabes lo que dices! ¡Tú no sabes lo que estás diciendo!
—Ahora escúchame bien. Siempre hemos querido lo mejor para el otro. Lo mejor para mí es el descanso, lo sabes tan bien como yo sé lo que te conviene. Por más necio que seas, sabes que lo que estoy diciendo es la pura verdad. Siempre me has creído todo, ¡créeme ahora! ¡Sé de lo que hablo! ¡Tú ya no me necesitas! ¡Desde hace tiempo debiste desprenderte de mí!
Los grillos continúan cantando, queriendo armonizar el sonido de nuestras voces. La mía suena a dolor, pero la de la abuela no:
—Te agradezco mucho lo que has hecho por mí, pero es momento de hagas algo por ti. Sé que no crees en los finales felices ni en la bondad de las niñas, pero cree en mí, cree en las luciérnagas del camino, ellas iluminarán tu camino. Yo estaré bien. Iré a un buen lugar. Veré a Robin y reviviré cuantas veces quiera mis recuerdos sin que un doctor se alarme. Voy a estar bien… Jiji. Haz empezado a llorar. ¿Por qué? Yo no estoy triste. Ya, ya. Sabes que a tu abuela no le gusta verte llorar. ¡Oh! ¿Ya ves? ¡Me has hecho llorar, niño malo! ¡Yo no estoy triste para llorar!
Es cierto. Sin notarlo casi, ambos tenemos lágrimas rodando por nuestros rostros. Yo secó las mías y trató de sonreír.
—Puede ser. Me contaste que sólo los ángeles lloran de alegría. Quizás seas un ángel, abuela.
—Puede ser, puede ser. Uno nunca sabe con las abuelitas —ríe.


Aquella noche besé en la mejilla a mi abuela. Una de sus lágrimas resbaló en mis labios y por primera vez bebí una verdadera lágrima de ángel.
A la mañana siguiente, mi abuela amaneció sin pulso en las venas y una sonrisa en los labios. Murió feliz, sabiendo lo que quería. Yo recibí todas las condolencias. Fue entonces que mamá sí se presentó, sintiéndose mal en serio. La muerte de la abuela ocupó todo su tiempo, se volvió su único compromiso. Lloró diciendo que la extrañaría. Y al final, como siempre, me dijo:
—Lo siento.
Le dije que no tenía que sentirse mal, que la abuela se había ido en paz, pero no me escuchó. Yo tampoco escuchaba a mi abuela antes. Creía que la estaba perdiendo, cuando en realidad se estaba guardando para el final. Me pidió que fuera feliz y quiero hacerlo, tanto por ella como por mí. Volveré a ver todo con los ojos de un niño. Necesito aprender a creer en los finales felices y en las sonrisas de verdad. Espero que mamá lo entienda también, porque ella y yo necesitamos aprender a confiar en las luciérnagas.
Bueno, bueno. Viene la hora de hablar sobre esto :meow:


Tengo a esta amiga, Mely, estudiando Comunicación. Hace unos días –casi semanas, de hecho-, me llama para decirme que como parte de su examen final debe de presentar un guion para radio. Me explica que tiene muchos problemas con la historia, puesto que ninguna la tiene contenta y que ha pensado en pedir mi ayuda. Y yo estoy así:

Norel: Obvi que te ayudo :)

Entonces he aquí que me pongo a escribir algo que ella pueda adaptar. El trato quedó que yo me encargaba de la historia y ella de poner las acotaciones y todo lo demás que un guion para radio como tal debe de llevar.



Viendo que Mely es una niña muy linda, me di a la tarea de escribir una historia con nulos temas sexuales y/o sangrientos. Y de alguna manera salió este cuento.

Snif, Snif. Me tiene taaan contenta :´3 Ok, OK. Tiene sus errores de gramática y esas cosas, pero, ¡oigan!, hace un año que no voy a la escuela ¬¬ Está en planes corregirlo 8D Pero mientras tanto… Me agrada la idea de no nombrar a los personajes (para que Mely escogiera los nombres, originalmente); hace que los pueda identificar con casi cualquier.




Bienvenidos sean los comentarios :dummy:






Por cierto que no sé en qué categoría quedé bien :noes:

Editado graxiaz a los buenos consejos de ~Josz010
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:iconnenita-29:
nenita-29 Featured By Owner Oct 2, 2012  Student General Artist
Que linda historia!!! me conmovio MUCHO
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:iconnoracayetano:
NoraCayetano Featured By Owner Oct 3, 2012  Student Writer
Gracias ;)
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:icondanaeflor1:
danaeflor1 Featured By Owner Sep 30, 2012  Hobbyist Writer
me fascina!, realmente lo amo!
adoro como escribes ...:heart:
aparte de eso , no se que decir... me dio tantas emociones , es dificil de explicar :iconawwwplz: ,los últimos instantes fueron los que no me permitieron soltar algunas lagrimas, soy muy emotiva y esto no me ayuda XD
te admiro mucho !
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:iconnoracayetano:
NoraCayetano Featured By Owner Oct 3, 2012  Student Writer
¡Gracias, gracias, gracias! TTwTT
Yo también me encuentro sin qué decir después de leerte a ti. Hahaha.
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:iconyolandachapa:
YolandaChapa Featured By Owner Jul 5, 2011
ESTOY: MUY: ENFADADA: TANTO QUE ME IMPORTA UN CACAHUATE QUE ESTA COSA ME ESTË PONIENDO DOS PUNTITOS Y PARËNTESIS CUANDO PONGO UN PUNTO Y ACENTOS -_-.

DE POR SI ESTABA MUY ENOJADA PORQUE NO HABIA LEIDO ESTO ANTES Y TODOS TE CONGRATULARON Y TE LLENARON DE FLORES SIN QUE YO PUDIERA DECIRTE ALGO QUE NO SONARA COPIADO, LUEGO ME ANIME Y TE PUSE COMO UNA HOJA ENTERA DE WORD DE FELICITACIONES, ALABANZAS Y DICIENDO QUE ESTABA AMUY ORGULLOSA DE TI Y ETC ETC...

PONGO EL PREVIEW PARA VER SI TE DIJE TODO LO QUE TE QUERIA DECIR, Y LA MUGRE COMPUTADORA DECIDE APARECER EN UNA PÄGINA DIFERENTE A LA QUE ESTABA Y SIN HISTORIAL DE QUE ESTUVE EN ESTA:

¡AGGGH!

PERDONA; NO PUEDO REPETIR LO MISMO; DE SOLO PENSARLO ME DA CORAJE... PERO SI ESTOY MUY ORGULLOSA DE TI YQUERIA DECIRTE QUE POCO SON LOS AUTORES AUNQUE FAMOSOS QUE CONSIGUEN QUE TE IDENTIFIQUES CON EL PERSONAJE Y LLORES POR CXOSAS QUE TAL VEZ NUNCA HAS SENTIDO NI REMOTAMENTE... BUENO; ESE FUE EL RESUMEN; ME VOY; NO QUIERO VER ESTE MUGRE MONITOR DEL INFRAMUNDO; POR NO DECIR OTRAS PALABRAS QUE SE QUE ME ARRPPENTIRE DE UTILIZAR LUEGO.

¡Fiuf! Ya me desahogué :D. Perdona, es que de veras me estresé, jaja... Pero no cambiaré nada, no se vaya poner la computadora loca otra vez y ya no respondo ;).
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:iconnoracayetano:
NoraCayetano Featured By Owner Jul 8, 2011  Student Writer
:noes: Ya me habías asustado, mujer!!!
Espero que tu computadora ande mejor :), aunque no entendí mucho de lo que le ocurrió =S



:iconloveloveplz: No sabes lo mucho que significa para mí que al fin hayas podido leerlo. Graxiaz por decir que estás orgullosa... Snif, eso significa mucho =´D
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:iconyolandachapa:
YolandaChapa Featured By Owner Jul 9, 2011
:)
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:iconfema1:
FEMA1 Featured By Owner Jun 20, 2011
Hoy, hablando d nuestra reunión familiar y en especial cuando nos leiste este cuento comenté que este ya no "suena" a tarea escolar o a algo para pasar el rato... Sabes? suenas a escritora.

Estoy orgullosa.

Y lo que falta jejeje

Te quiero mucho.

Besos y abrazos :hug
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:iconnoracayetano:
NoraCayetano Featured By Owner Jun 22, 2011  Student Writer
Tía, graxiaz!
No era necesario que te crearás una cuenta, pero muchísimas graxiaz por hacerlo :love: Me siento tan halagada~
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:iconjosz010:
Josz010 Featured By Owner Jun 10, 2011
Qué hermosa historia. Me recordaste a mi abuela...como su nieta menor, a mí me ha tocado cuidarla y también me han tocado esos momentos de poca lucidez, donde uno debe tragarse en sufrimiento y sostener su mano con un "todo estará bien".
Ahora espero ese día en que ella busque el descanso, el sueño final.

Respecto a la ortografía, son mínimos los errores, pero deberías corregirlos si te es posible, eso le dará mayor valor a tu texto.

Saludos. =)

PD. ¿Podrías darle una ojeada a mi texto? [link] será un placer escuchar tu crítica.
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